Petite Messe Solennelle

Gioachino Rossini

9 noviembre 2017
Auditori

Rossini:
Petite messe solennelle

Director musical
Fabio Biondi

Cor de la Generalitat Valenciana

Cantantes Centre Plácido Domingo

El último pecado de la vejez: la sagrada música.

El 14 de marzo de 1864 se estrenaba la Petite messe solennelle, de Gioachino Rossini, en la capilla privada de la mansión parisina del conde Alexis Pillet-Will, un acaudalado e influyente banquero francés casado con Louise Roulin, dama cuyo salón artístico y literario frecuentaba el compositor. La “pequeña misa” debía formar parte del ritual de consagración de la capilla privada de los condes en su residencia. La obra, que había sido escrita por encargo de la condesa cuando el cisne de Pésaro ya tenía 71 años, es una suerte de testamento musical del autor, retirado de la actividad profesional unos 34 años antes, en 1829, a los 37.

Pero todos esos años de retiro no habían sido yermos, pues desde 1855 Rossini había compuesto alrededor de 150 piezas entre obras para piano, canciones y música de cámara, hechas a capricho e interpretadas en salones privados ante las personalidades más relevantes del momento. Estos Péchés de vieillesse (pecados de vejez, como los quiso llamar Rossini) tuvieron en la pequeña misa solemne que nos ocupa su glorioso colofón.

Es esta misa una obra escrita a contracorriente de la moda que, a la vez, hace un homenaje crepuscular a la tradición de raigambre italiana del primer siglo XIX. Es intimista, en un momento en el que la música religiosa se entendía grandiosa de medios y efectivos, pues Rossini la concibe para un grupo ideal de doce cantores de los tres sexos [sic]: mujeres, hombres y castrados, de los cuales 8 serían coristas y cuatro solistas. A estas voces se unirían dos pianos y un armonio -aceptado por Rossini a regañadientes, ya que quiso escribir esa parte para un acordeón, dándole claramente un  toque parisino. Música de raigambre, conectada con la tradición napolitana de su juventud en lo concerniente a la música en el culto. Composición de profundidad alternada con la teatralidad, en la que la ciencia musical de la fuga bachiana y la inspiración melódica y virtuosística suponen una vuelta de tuerca en esa libertad antojadiza y científica del anciano Rossini.

Pequeña sólo por el número de ejecutantes, es ésta una Missa Solemnis en toda regla canónica y de duración cercana a los 90 minutos, el último de los antojos de un genio que se pasó casi los últimos 40 años de su vida dándose caprichos. Autoconsciente de su suerte en la vida y de la profundidad de su alma, se preguntaba Rossini en la dedicatoria autógrafa del manuscrito de esta obra a sus comitentes: “¿Es música sagrada lo que acabo de escribir, o es más bien sagrada música?”

Anselmo Alonso Soriano