The Turn of the Screw

Benjamin Britten

2, 4, 6 (función didáctica), 10 / VI / 2017
Teatre Martín i Soler

La otra vuelta de tuerca al repertorio operístico, esta vez en forma de trama de terror psicológico y género de fantasmas en la Inglaterra post victoriana.


 

 

 

Duración aproximada:  1 h 45 min sin entreacto.

Dirección musical
Christopher Franklin

Dirección de escena
Davide Livermore

Escenografía
Manuel Zuriaga

Vestuario
Mariana Fracasso

Iluminación
Nadia García
Antonio Castro

Videocreación
Miguel Bosch

Coreografía
Fátima Sanlés

Nueva producción
Palau de les Arts

Orquestra de la Comunitat Valenciana

La institutriz       
Rita Marques
Karen Gardeazabal

Miles
Jeremie de Rijk
William Hardy

Flora                                  
Giorgia Rotolo
Olga Zharikova

Mrs. Grose                          
Anna Bychkova
Nozomi Kato

Peter Quint                         
Andrés Sulbarán
Gustavo Adolfo Palomo

Miss Jessel
Marianna Mappa

Acto I

Una misteriosa voz introduce al espectador, a modo de prólogo, en una historia acaecida en Bly, una casa de campo en la Inglaterra de mediados del siglo XIX. Según el relato, una mujer fue contratada como institutriz de unos niños, por su tío y tutor que residía en la ciudad, con la condición de que no debía comunicarse con él ni molestarle. Reticente al principio, la joven decidió aceptar el puesto.

La Institutriz se gana enseguida el cariño de los dos pequeños, Miles y Flora, que le son presentados por el ama de llaves, la señora Grose. La vida transcurre con tranquilidad en la mansión de Bly, hasta que un día llega una carta informando de que Miles ha sido expulsado del colegio. La Institutriz, viendo que Miles es un niño bueno, decide no comentar nada al pequeño. Días más tarde, advierte la presencia de un hombre que la espía mientras está con los niños. Cuando da detalles a la Sra. Grose, ella lo identifica con Peter Quint, el anterior mayordomo de la casa que, según relata el ama de llaves, abusó de su posición, tanto con los pequeños como con la anterior institutriz, la Srta. Jessel, de la que fue amante. Ambos, fallecieron en extrañas circunstancias. Horrorizada, la Institutriz decide proteger a los niños. Pero las apariciones continúan: primero la silueta de la Srta. Jessel en el lago cercano a la casa mientras la Institutriz juega con Flora, y una noche, tanto Quint como la Srta. Jessel, en el jardín, haciendo salir a los niños de la casa, ante el espanto de la Institutriz y la Sra. Grose.

Acto II

La Institutriz comienza a agobiarse ante la impotencia de no poder controlar la situación que le rodea. Para colmo, un domingo, mientras asiste a la iglesia con los niños y el ama de llaves, Miles le hace unas preguntas incómodas acerca de su tío y sobre su regreso a la escuela, lo que provoca en ella un deseo de abandonar Bly cuanto antes. El fantasma de la Srta. Jessel vuelve a manifestarse, pero esta vez la Institutriz encuentra la fuerza suficiente para expulsarlo de la habitación. Ahora está convencida de que debe quedarse para proteger a los pequeños. Además, escribe una carta al tutor solicitando verle y pide explicaciones a Miles sobre su relación con los fantasmas. Quint obliga al muchacho a guardar silencio al respecto y logra persuadirlo para que robe la carta más tarde. La situación se complica más aún cuando la Institutriz acusa a Flora de acudir a la llamada de la Srta. Jessel en el lago. La niña lo niega y, tras rechazar a la Institutriz, ruega a la señora Grose que se la lleve. El ama de llaves se dispone a viajar con Flora a casa de su tío, pero antes advierte a la Institutriz de que su carta nunca fue entregada. La Institutriz presiona al niño para que confiese el robo de la carta, al mismo tiempo que el pequeño trata de luchar contra la voz de Quint. Hasta que la Institutriz se da cuenta de que Miles ha muerto.

Estrenada el 14 de septiembre de 1954 en el teatro La Fenice de Venecia, esta ópera cuenta la vida en la permanente ocultación de lo que todos saben, a partir de una narración que se sucede sin un relato fundamental y en una aparente sucesión de escenas, no exentas de golpes de efecto y frases crípticas. Tal modernidad se sirve del inestimable sustento de todo un arsenal de recurrencias compositivas que, encabezadas por el insólito dispositivo formal del texto musical: un prólogo, un tema y quince variaciones de éste, emplea el serialismo y el lirismo con tendencia a lo expresionista, servidos ambos por un orgánico orquestal que acompaña en paralelo a la soledad de los protagonistas. Así, los quince instrumentos previstos por el compositor son escogidos uno por familia y garantizan una asombrosa riqueza tímbrica que impide, a la vez, la explosión de los tutti… Un simbólico modo de ahogar la voz que quiere gritar más alto y no puede.

Resulta difícil contar una historia en la que el argumento es la permanente negación de los hechos, de las cosas y de sus causas. Así es este inquietante producto britteniano, un objeto de arte surgido de la Europa cenicienta posterior a la Segunda Guerra Mundial. En este mundo pleno de desconfianzas de la mitad del siglo XX, The Turn of the Screw narra la convivencia en el seno de la naturaleza de dos niños con dos mujeres ¿y dos fantasmas?. Pero quedando claro que de principio a fin estamos asistiendo a un asunto entre vivos y muertos. O entre personas que combinan juntas un perverso juego de espejos, en el que se refleja un pasado que se desea oculto y acallado.

Sin duda era éste un tema querido por el compositor y su círculo de intelectuales y músicos colaboradores. Un tema casi autobiográfico.

The Turn of the Screw sienta al espectador en una butaca incómoda, al modo que lo hicieran Elektra o Wozzek bastantes años antes, y lo mantiene en estado de profunda inquietud que queda en suspenso e irresuelta.

La obra gestada por Myfanwy Piper, Benjamin Britten y sin duda alguna Peter Pears, es una tuerca en forma de tema que se enrosca quince veces a modos de variación, marcando esta sucesión un principio y un falso final.

Podría deducirse, a riesgo de simplificar mucho, que de sus seis personajes protagonistas son dos los fundamentales: Quint y Miles, y cuatro los necesarios: la Institutriz, la señora Grose, Flora y la señorita Jessel.

La relación establecida entre Quint y Miles, hombre y niño, amo y pupilo, va más allá de las lindes de la vida conocida, y es finalmente un folio en blanco, la variación XVI no escrita por los autores y no representada por los cantantes; la variación que al final cada espectador podrá escribir, imaginando los detalles al placer de su imaginación.

Ese folio en blanco es la última y más fértil derivación del tema inicial, una variación múltiple y secreta, la verdadera obra de arte como concepto: la que construye el espectador-receptor en libertad y ausencia de perjuicios, para sí mismo y para sí solo. Y su argumento sólo será cosa del estado moral y ético de cada espectador.

Anselmo Alonso Soriano

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