Le cinesi

Christoph Willibald Gluck

La ruta de la seda

2 noviembre 2017
Auditori
Delicioso capricho del Rococó, poblado de salones cubierto de porcelanas orientales. Una velada imaginaria en un salón de la lejana China, donde sus ociosos moradores juegan al amor como occidentales.

Dirección musical
Fabio Biondi

Lisinga
Silvia Tro Santafé

Sivene
Désirée Rancatore

Tangia
Ann Hallenberg

Silango
Anicio Zorzi Giustiniani

Naranjas de la China, de Viena a Valencia pasando por Aranjuez

La Azione teatrale Le Cinesi, Componimento che introduce ad un Ballo Cinese, compuesta por el músico vienés Christoph Willibald Gluck sobre un texto del poeta Cesáreo Pietro Metastasio, llega a Valencia tras cumplir un curioso peregrinaje en tres estaciones, que arranca en el carnaval de 1735 en Viena. Allí se estrena en los apartamentos reales por las archiduquesas María Teresa (poco después emperatriz María Teresa de Austria) y su hermana María Ana, acompañadas por una dama de la corte.

Es éste un entretenimiento que nace como un acto culto y sólo femenino; que pone su fundamento dramático en el curioso exotismo a la inversa, que toma como excusa la lejanía del oriente chino para reflejar con elegancia y disimulo las coincidencias culturales entre la corte austríaca y la exótica corte china en un momento de auténtico frenesí por la interpretación estética de los mundos orientales. Así, la vida tediosa y cómoda de las tres protagonistas femeninas, apartadas férreamente de la presencia de los hombres, y curiosas por saber cómo viven las mujeres en otras tierras, es el reflejo de la vida en la propia corte de Viena, donde las mismas archiduquesas debían observar la vida distanciadas de sus súbditos más cercanos.

Asistimos a la exposición de un texto que muestra unas pinceladas de un día cualquiera en un serrallo chino. Un texto servido por abundantes y pictóricas didascalias y acotaciones a modo de curiosas candilejas y vistosos telones hechos con la luz de las palabras y el tinte de los versos, lo cual hace especialmente eficaz a la azione teatrale a la hora de representarlo sin espacio escénico. En Le Cinesi, Metastasio desarrolla un ejercicio pedagógico sobre las formas teatrales. El recorrido por los estilos dramáticos que las tres mujeres exponen y someten a juicio de valor: lo pastoral, lo cómico y lo trágico, sirve como vehículo de expresión de texto y canto y como exposición de la naturaleza constructiva del teatro.

En conclusión, Le Cinesi no es sino una reivindicación primigenia, y más o menos velada, del lugar del artista en la sociedad, de su valía y de su función en los sitios regios.

A estas alturas, cabe advertir que no fue Gluck el músico encargado de componer las notas para su primer estreno, sino que fue uno de los más relevantes autores del Barroco italiano afincado en la corte austrohúngara: Antonio Caldara. Pero conviene destacar también que el Siglo de Oro de la ópera se regía por el concepto “prima la parola e poi la musica”, y que el uso y costumbre pasaba porque sobre el mismo poema compusieran la música cuantos autores pudieran, a diferencia de cómo se percibe hoy el asunto.

Unos cuantos años más tarde, en 1749, será la corte de los Borbones de España la que marque la segunda estación en el peregrinaje de Las chinas de Metastasio. Esta parada en el viaje vendrá marcada definitivamente por el cambio sugerido por el cantante castrado más relevante de su tiempo: Carlo Broschi, Farinelli, quien se encargaba de las fiestas reales y de la vida musical de la corte de los reyes de España, Fernando VI y Bárbara de Braganza. Farinelli y Metastasio habrían mantenido una serie de conversaciones en torno a esta obra y por empeño del castrado, el poeta accedería a incluir un cuarto personaje en la deliciosa trama metateatral: el tenor Silango.

El nuevo personaje se encastra en la trama previa a la perfección, aunque implicando un mínimo cambio en las formas, muy significativo en el fondo: Silango es una especie de director de escena de la diversión de las damas, que es en definitiva un alter ego del propio Farinelli, director de los eventos musicales y ocios borbónicos. Para rizar el rizo, el tenor Silango es también alter ego del propio Metastasio, en su día inventor de fantasías y fiestas para la corte de Viena.

Así, Le Cinesi se representaría finalmente en el Real Sitio de Aranjuez el 30 de mayo de 1751 con cuatro personajes, los tres femeninos originales de 1735 y el tenor añadido a gusto de Farinelli. La música, sin embargo, sigue sin ser de Gluck, sino del músico de la corte de Madrid Nicolò Conforto.

No tardará en aparecer en escena un Gluck ya cuarentón, que apenas dos años después, pone en música este texto renovado para España. El 24 de septiembre de 1754 se estrena en Viena la obra con su música, y lo más importante: se representa ante la que fue su primera protagonista, la ahora emperatriz de Austria-Hungría, María Teresa.

Así, de Viena a Valencia, pasando por Aranjuez, llegan estas naranjas dulces de la China, plantadas por Metastasio, abonadas por Farinelli y regadas con la deliciosa savia de Gluck. Un ejercicio de teatro dentro del teatro en el que los géneros dramáticos se exponen y se juzgan sin que ninguno al final resulte vencedor. Un escenario ideal concebido para la diversión de unas princesas, tan encerradas en su torre de marfil, tan envueltas en sedas y paños caros como aquellas chinas del serrallo, soñadoras y anhelantes del privilegio de la libertad, tan negado por lo general a las mujeres de los dos orbes.

Anselmo Alonso Soriano

Acto único. La acción transcurre en una ciudad imaginaria de China. Lisinga, una joven de familia acomodada, toma el té con sus amigas Sivene y Tangia, sin saber cómo matar el aburrimiento. Silango, hermano de Lisinga, que acaba de regresar de un viaje por Europa y quiere ver a su amada Sivene, las escucha tras la puerta, pero es sorprendido por las muchachas, que reaccionan escandalizadas, ya que según las viejas costumbres de China, los hombres no tienen permitido acceder a las dependencias destinadas a mujeres. Las tres chinas deciden ocultar al joven hasta que pueda salir de allí sin ser visto. Mientras tanto, se disponen a pasar el rato jugando a interpretar escenas teatrales inspiradas en la lejana tradición occidental. Lisinga, la primera en actuar, representa una escena de corte trágico, al encarnar a Andrómaca, de la guerra de Troya, que llora la muerte de su esposo, Héctor. Toma el relevo Sivene, que sugiere cambiar a la temática pastoril dando vida a la ninfa Lycoris, que se burla de los sentimientos del pastor Tyrsis, interpretado por Silango. Por último, es el turno de Tangia, quien decide personificar a una presumida muchacha que acaba de regresar de Europa, en clara parodia de Silango. Tras estos juegos teatrales, los protagonistas se unen en un ballet con el que concluye la ópera.