Juana de Arco en la hoguera

Arthur Honegger

Oratorio dramático en once escenas sobre versos de Paul Claudel.
Música de Arthur Honegger. Estreno: Basilea (Suiza), 12 mayo 1938

26 mayo 2016 · 20.00 h
Auditori

Dirección musical
Christopher Franklin

Concepción escénica
Emilio López

Escenografía
Equip Tècnic de Les Arts

Videocreación
Miguel Bosch

Iluminación
Antonio Castro

Escolania de la Mare de Deú dels Desemparats
Luis Garrido, director

Cor de la Generalitat Valenciana
Francesc Perales, director

Orquestra de la Comunitat Valenciana

Jeanne d’Arc
Rosana Pastor

Frère Dominique
Juli Cantó

La Vierge / Voz soprano
Karen Gardeazabal *

Marguerite
Federica Alfano *

Catherine
Cristina Alunno

Porcus / Una voz / Un heraldo / Clérigo
Mario Corberán

Voz bajo / Una voz / Un heraldo / Paisano
Alejandro López *

Voz niño
Alejandro Estellés ***

Recitador / Heraldo / Asno / Bedford / Juan de Luxemburgo / Brindador / Paisano
José Enrique Requena **

Alguacil / Reinaldo de Chartres / Guillermo de Flavy / Perrot / Cura
Bonifaci Carrillo **

Madre Toneles
Diana Muñoz **

* Centre Plácido Domingo

** Cor de la Generalitat Valenciana

*** Escolania de la Mare de Déu dels Desemparats

Es el 30 de mayo de 1431, en la ciudad de Ruan.

El drama se inicia el día de la ejecución de Juana, la doncella, Juana de Arco.

Juana está en la celda que será su última morada terrenal.

La oscuridad y el caos reinan en una Francia dividida y la humanidad implora desesperadamente ayuda a Dios, mientras que entre las sombras y la oscuridad se oye a los perros aullar, con un gemido mezclado con la risa. De repente, se hace el silencio: el hermano Domingo, el fraile castellano Santo Domingo de Guzmán, desciende de los cielos que habita para socorrer a Juana en su desorientación. Ésta lo reconoce y escucha su lamento por la actitud de sus hermanos de orden, que la acusan.

Juana escucha a Domingo, pero también oye a su querido pueblo y a los sacerdotes que piden ardientemente su muerte. El hermano Domingo le asegura a Juana que los que la juzgan no son más que animales disfrazados de hombres santos y eruditos, bestias que hablan un mal latín.

El Cerdo, se erige en presidente del tribunal, tras la negativa del Zorro y la Serpiente. Las ovejas serán el jurado y el notario será el Asno. El veredicto es claro y la condena firme: Juana es una bruja que ha pactado con el Diablo y su condena es la muerte en la hoguera.

El hermano Domingo hace ver a Juana que el proceso que está sufriendo, y su condena, no son sino una partida de cartas jugada entre los reyes de Francia e Inglaterra, el Duque de Borgoña y la misma Muerte, con la participación inestimable de cuatro ilustres damas: la Estupidez, la Soberbia, la Avaricia y la Lujuria, consorte del duque de Bedford, Juan de Luxemburgo, Reinaldo de Chartres y Guillermo de Flavy.

Todos ganan cuando pierden y ganan cuando ganan: la única perdedora será Juana de Arco.

Desconcertada, Juana escucha en su delirio a Catalina y Margarita, las campanas de su niñez, que la consuelan en la hora de su muerte.

Ésas son las mismas voces que la animaron a dejar su pueblo para conducir al rey de Francia hasta Reims, espada en mano. Esa misma espada cuya procedencia inquieta al hermano Domingo. Una espada que Juana define como el objeto de su fe, proclamada por aquellas campanas en Donrémy, su aldea. Una espada cargada con la fuerza del amor divino.

Era mayo… y recordando un mayo, Juana encomienda su alma a la virgen, que acude ante Juana y proclama la salvación de su alma y la muerte de su cuerpo.

Francia está dividida: una mitad insulta a Juana llamándola bruja y la otra la venera, nombrándola santa.

Sola, abandonada ya por el hermano Domingo, Juana se asusta y al instante recibe el consuelo de la virgen, que la llena de fuerza para entregarse a la llama, el fuego unificador de Francia, la hoguera alabada por las voces del cielo, cuyas loas alcanzan a las gentes de la tierra.

Juana, finalmente, se consume entre las llamas. Es su triunfo.