06/02/2019

El programa de ópera en València, testigo de la importancia de Verdi en la Unificación de Italia

No entregó su vida a la revolución, pero fue su bandera. Giuseppe Verdi, icono del movimiento patriótico, musicó los deseos libertarios del pueblo italiano. Definió el nacionalismo a través de una partitura. Y cumplió su cometido antes de llegar a Rigoletto, una obra maestra que integra el programa de ópera en València del presente año 2019. El Risorgimento adoptó a esta figura del belcanto como el estandarte de su lucha. Un emblema cuya fama internacional se granjeó con melodramas históricos que exaltaban los anhelos del país frente a la tiranía austriaca. Acercarse a su producción es hacerlo a la historia de la unificación italiana.

Giuseppe Verdi, antes de la Unificación

Le Roncole (Busseto), un exiguo ducado de Parma, fue testigo de su nacimiento en 1813. El autor, que firmó algunas de las páginas musicales más inolvidables de todos los tiempos, murió en Milán en 1901. Comenzó a ganarse su reputación siendo muy joven. El ejemplo que mejor ilustra esa genialidad temprana es una biografía publicada por BermaniBosquejos sobre la vida y obras del maestro Verdi vio la luz cuando el protagonista no alcanzaba los 34 años.

En aquel entonces, sus óperas acaparaban los halagos de crítica y público. Eso sí, para alcanzar esa condición de ídolo, antes tuvo que digerir algún fracasoUn giorno di regno, que alzaba su telón en 1840, supuso un batacazo.

Conexión con el público más allá de la belleza musical

Este desaliento se sustentaba en los fallecimientos recientes de su mujer e hijos a causa de la meningitis. Una devastadora enfermedad rompía en mil pedazos el corazón del compositor. Y fue ese dolor el que le ayudó a recomponer esas piezas por medio de la música. La rabia que sostenían sus creaciones conectó con el gran público. Sus óperas encandilaban a unos espectadores que secundaron esa furia en pro de la recuperación de la grandeza italiana.

‘Nabucco’, El pueblo judío, al otro lado del espejo

El despertar del músico no llegó hasta un año después de esas fatídicas muertes. Fue el empresario Giovanni Merelli el que encendió la mecha del cambio en un desolado Verdi. Se empecinó en que el compositor pusiera música al famoso libreto del poeta Temistocle Solera. La irritación del artista, envuelto en una atmósfera de tormento y desconsuelo, lo condujo a lanzar el pliego al suelo violentamente. La obra cayó, quedándose abierta en una página al azar. Con la única explicación de la casualidad, Verdi leyó: “Va, pensiero, sull’ali dorate” (“Ve, pensamiento sobre alas doradas“).

Una sola frase paralizó su cólera. Cuatro palabras bastaron para que el italiano se obsesionara con Nabucco. De hecho, antes de que amaneciera, ya conocía el libreto al dedillo. Lo leyó hasta tres veces esa noche, dejando en la cuneta la nostalgia que invadía su corazón. Comenzó entonces a plasmar la irritación del pueblo frente al yugo opresor. Y la tragedia de Solera le servía en bandeja las herramientas.

En esta obra, basada en un relato del Antiguo Testamento, el pueblo sometido es el judío. El argumento bíblico se basa en la historia de la cautividad de Babilonia, donde Nabucodonosor ejerce de soberano.

El esperado estreno

Un año después de aquella noche reveladora para el compositor, se estrenaba en La Scala de Milán Nabucco. El éxito en aquel 9 de marzo solo podría definirse como “único”. El revuelo fue tal que en aquel 1842 se escuchó hasta 64 veces sobre el escenario el “Oh mia patria sì bella e perduta. Esos versos se convirtieron en un auténtico himno revolucionario para los amantes acérrimos de los ideales liberales.

Censura para un icono de la ópera

Verdi encendía así el orgullo patrio. Ese fervor desembocó en una oleada de encargos para ilustrar la idiosincrasia del Risorgimento. El músico afrontó con profesionalidad y con compromiso ideológico esos trabajos que comenzaron a amontonarse. Los aplausos también se multiplicaron, pero al autor de Aida o La Traviata le salió un enemigo: la censura. Por suerte, Verdi la sorteó con soltura. Lo consiguió gracias en parte a la inestimable colaboración de la condesa Maffei y su salón de intelectuales.

El primer choque con los órganos censores austriacos se registró en 1843, tras la puesta en escena de I lombardi alla prima crocciata. Una carta del cardenal y arzobispo de Milán, Gaetano Gaisruk, ponía sobre aviso al jefe de policía. El susodicho pretendía que Verdi modificara ciertos pasajes considerados inapropiados para los opresores. La amenaza de Gaisruk iba más allá, pues si no se ejecutaba su petición, escribiría al emperador. El compositor se negó y el policía no contradijo los deseos del músico.

Experiencia política

Con mucha más fuerza, el artista siguió complaciendo a su público en obras como Attila (1846). Aquí los hunos ocupan el territorio italiano. Un año después, en Macbeth, también ilustró con música el dolor de los humillados. Pero no se conformó con llevar la voz de las víctimas a escena. Participó en la vida política, convirtiéndose en diputado del primer Parlamento italiano.

Fue tan solo un paréntesis, pues Giuseppe Verdi regresó a la composición en 1865. Siguió lanzando dardos a la Iglesia, a la que definía como cruel y ambiciosa. De esta época (1867) es Don Carlo, otra de sus inolvidables óperas.

Las tropas italianas ocuparon Roma tres años después de aquel estreno. El Risorgimento se hacía efectivo y el nuevo Estado designó a Verdi como senador vitalicio, reconociendo así su labor.

Este compositor se erigió, sin duda, como un símbolo libertario en la Italia del siglo XIX. Por no hablar de sus habilidades para captar la complejidad psicológica del ser humano.

Fuente de la imagen: © webandi